Como ya he comentado en este Site, desde que tenía ocho años, la fotografía siempre ha sido algo muy especial para mí. La manera en que obtuve mi vieja Canon EOS 450D fue muy divertida y a la vez muy traumática.

Todo empezó en el año 2008, tras sufrir un terrible accidente de tráfico que me ancló en el hospital durante 27 días. Durante los últimos de este período, leí un par de revistas sobre fotografía, lo cual me animó a querer  realizar grandes capturas como las que aparecían en sus páginas. De nuevo la fotografía me izo sentir bien y eso se reflejaba en mi estado de ánimo, así que decidí que gastaría todos mis ahorros en una nueva cámara en cuanto saliera de allí.

De vuelta a casa, una vez entrado el mes de Septiembre y coincidiendo casi con la fecha de mi vigésimo quinto cumpleaños, mi familia y todos mis amigos me prepararon una fiesta sorpresa y me regalaron la Canon EOS 450D. Recuerdo la primera vez que guiñé el ojo derecho a la vez que acercaba el izquierdo al visor de mi nueva EOS. La de infinidad de cosas que veían mis ojos, la de capturas mentales que le hice a todo…., y como ya tenía lo que quería sin haber necesitado gastar mis ahorros, decidí invertir en una buena lente de la serie L que me costó bastante más de lo que valía la propia cámara.

Al poco tiempo realicé el primer y único curso de fotografía durante un fin de semana, en el cual, el profesor nos enseñó unas fotografías impresionantes y a algunos nos hizo recordar un gran concepto que nunca olvidaré: un buen fotógrafo con una cámara regular, es capaz de hacer impactantes fotografías, pero un mal fotógrafo no será capaz de sacar una mejor captura aunque disponga de la mejor cámara del mercado. Esas imágenes las había tomado con una 450D, la misma que la mía.

Con el paso del tiempo y entre miles y miles de disparos, esa vieja y descatalogada máquina ha capturado momentos personales únicos que no se volverán a repetir nunca más. Con ella he fotografiado a todos mis sobrinos, a mi hijo y, junto a mi mujer, estuvo a mi lado en nuestra luna de miel para capturar en la Bahía de Halong, las imágenes “Dragón Dorado”, “Despertar” y “El Gigante Perdido”. También me ha acompañado en todas mis aventuras en solitario por varios países del mundo en busca de la imaginaria fotografía perfecta, y ha realizado grandes capturas que han sido reconocidas en importantes concursos de fotografía nacionales e internacionales, como “Espíritu Navajo” en 2010 y “Reino de los Cielos” en 2014, entre otras. Incluso esa vieja cámara me llevó a Nueva York para realizar mi primera exposición. A esa cámara se lo debo todo, con ella lo he aprendido casi todo. Además, ha soportado terribles golpes, el peor de ellos cuando me la olvidé en el techo de mi coche y cayó en la carretera a unos 60 km por hora, antes de realizar la obra “Ambiente”, en el Delta del Ebro.

Es increíble como todavía lo recuerdo todo. Pulsé todos los botones de esa cámara miles de veces con pasión, en busca de mi estilo personal como artista, y ahora, cada vez que la veo en la estantería de mi estudio, me hace revivir cada momento que vi a través de su visor. Es como echar una mirada al pasado para no olvidarlo. Siempre digo que una cámara fotográfica es una máquina del tiempo, ya que es capaz de “congelar” pequeños instantes de la vida para siempre.